Razones para oponernos al mundial 2030

Ayer por la tarde, los presidentes de Argentina (Mauricio Macri), Uruguay (Tabaré Vázquez) y Paraguay (Horacio Cartes) anunciaron la candidatura conjunta para ser la sede del mundial de fútbol en 2030. Probablemente esta noticia causó mucha alegría en una buena parte de la población de estos tres países. Sin embargo, y sin intención de aguarle la fiesta a nadie, existen varios motivos para oponerse.

La historia indica de manera contundente que la organización de un espectáculo de esta magnitud no se traduce en grandes beneficios económicos para el país organizador. Todo lo contrario. El resultado son países endeudados e infraestructura abandonada. De hecho, también existe evidencia clara de que la organización de copas mundiales suele afectar a los más pobres de manera más negativa, además de generar altos costos sociales difíciles de recuperar, sin siquiera mencionar los costos de oportunidad de los recursos que se invierten. Con mirar rápidamente lo que sucedió en otros países es fácil darse cuenta de que los estadios ultra modernos y bellos no son utilizados posteriormente por los países organizadores (al menos no con una frecuencia tal que posibilite su amortización). Esto no ocurre por pereza de los países organizadores, simplemente responde a que la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) y el Comité Olímpico Internacional (COI) exigen la creación de nuevos estadios o remodelaciones que realmente no son necesarias para las actividades deportivas/culturales normales de estos países. Es decir, alcanza con lo que hay.

Ahora bien, es obvio que hay sectores que obtienen ganancias con estos eventos. Se construyen nuevos estadios, se remodelan otros, se venden los derechos televisivos por los que la gente paga muchísimo dinero, la capacidad hotelera suele colmarse –aunque también algunas experiencias demuestran que el turismo recibido es menos del esperado–, se venden remeras de todos los equipos de fútbol y mucho más. Entonces, ¿quiénes son los grandes ganadores? La respuesta no parece muy difícil: las empresas constructoras a cargo de la construcción y remodelación de los estadios, la FIFA y el COI (dueños de los derechos televisivos y quienes se llevan gran parte de la recaudación de las entradas), las grandes cadenas hoteleras, las marcas deportivas, los multimedios, las aerolíneas que aumentan la frecuencia de sus vuelos -y sobre todo, los precios de estos-, entre otros actores.

Es cierto que, en el caso argentino, el puestito de bondiolas va a vender más, el cantito de los arbolitos de la calle Florida va a ser más largo que “euro, dólar, reais” y, en general, algunas muchas personas pueden ver una mejora significativa en su economía. También es cierto que este efecto no dura mucho más de lo que dura el mundial y no tiene sentido compararlo con las ganancias de los grandes grupos económicos mencionados anteriormente. Entonces, ¿estamos dispuestos a endeudarnos para, como sociedad y país, no recibir mucho a cambio?

Tampoco podemos obviar un hecho que atraviesa la organización de estos eventos: la corrupción. Las cifras millonarias que mueven estos espectáculos son una oportunidad perfecta para blanquear dinero y, peor para un país, son un gran caldo de cultivo para los sobreprecios y el soborno de funcionarios públicos para lograr licitaciones u otros beneficios. Nuestros mecanismos institucionales no parecen estar a la altura de las circunstancias, por lo que en este caso parece razonable abrazar aquel refrán que dice “mejor prevenir que curar”.

Los planes de la candidatura no se conocen, pero los rumores indican que Argentina sería el país que más sedes pondría (entre 6 y 8). Entonces, alguien podría argumentar que al no conocer los planes para el mundial no es razonable oponerse a su organización. Todo lo señalado anteriormente, diría en defensa de mi oposición, son motivos para mirar con cautela la idea de un mundial en 2030. No obstante, agregaría, si me parece válido oponerse –sin conocer los detalles de la propuesta– porque la sociedad no fue consultada.

¿Por qué es importante que la sociedad pueda decidir sobre la realización o no de un mundial en nuestro país? Porque las deudas las contraen los países y no los gobiernos de turno. Es cierto que los gobiernos deben tener flexibilidad para tomar este tipo de decisiones, pero también es cierto que una política económica no es lo mismo que un mundial. Esta diferencia sin dudas es un elemento a tener en cuenta al pensar la legitimidad (en términos de razones) que tiene el Presidente actual para decidir sobre un espectáculo que sucederá en 2030 cuando, seguramente, ya no sea Presidente. Esto no quiere decir que no pueda tener algo para decir o incluso decidir, solo quiere decir que la circunstancia y magnitud del evento lleva a pensar que es una decisión que no puede pasar por una sola persona (vale aclarar que la idea de la candidatura ni siquiera fue discutida entre los distintos partidos políticos en el Congreso).

En este caso no estamos discutiendo la emisión de bonos u otras decisiones económicas que tienen por objetivo modificar situaciones a corto y largo plazo. Estamos hablando de la realización de un evento que, muy posiblemente, en el balance general no traiga resultados económicos ni sociales positivos para nuestro país. Estamos hablando de inversiones millonarias que, obviamente, podrían ser destinadas a cubrir necesidades más urgentes que un mundial de fútbol. Por ello necesitamos ser interpelados, que nos ofrezcan las razones que consideran relevantes y que, en última instancia, seamos escuchados.

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Las ideas y opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de La Dínamo de Ideas.

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  1. 17 octubre, 2017

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