Poderes en Juego

El virtual empate entre el oficialismo y el nuevo frente creado por Cristina Kirchner en la disputa por las bancas de senadores en la provincia de Buenos Aires determina un escenario interesante para los dos meses que nos separan del 22 de octubre. La política es la competencia por el poder y, por supuesto, las próximas elecciones de medio término no son las excepción. Pero, ¿qué poder está en juego? Hay al menos dos grandes batallas en disputa: una por el poder formal y otra por el poder informal.

La distribución del poder formal está determinada por las reglas escritas que estipulan la distribución de escaños en base a la obtención de votos. El poder informal -al menos en este artículo- hace referencia a la distribución simbólica de poder como producto de los resultados electorales.

En el caso de la elección de senadores, hay al menos dos factores que determinan estrategias diferenciales, dependiendo de si el interés es el poder formal o informal.

La primera es que los distritos importan de manera muy distinta. Desde la perspectiva del poder formal, tener dos senadores de Tierra del Fuego o dos senadores de Buenos Aires es exactamente lo mismo para el oficialismo. Ambos representan dos votos de un total de setenta y dos. En ese sentido, a la hora de hacer proselitismo, diseñar la campaña electoral e incluso decidir el destino de los fondos públicos, al gobierno le conviene “invertir” sus recursos en las provincias más pequeñas. Esta es una estrategia más eficientes porque con menos votos, se puede alcanzar la misma cantidad de bancas. Tal situación es producto de lo que la Ciencia Política anglosajona llama malapportionment, que implica la sobre-representación de algunos distritos en relación a su población, y la sub-representación de otros. En ese sentido, de las ocho provincias que eligen senadores este año -Buenos Aires, Formosa, Jujuy, La Rioja, Misiones, San Juan, San Luis y Santa Cruz- Buenos Aires es la provincia “más cara”, pues hay que obtener más votos para alcanzar un asiento en el Senado. Por ello, desde la perspectiva del poder formal, un gobierno interesado en maximizar su cantidad de bancas, debería focalizar más su atención en las provincias más pequeñas, si nos abstraemos de cuestiones más coyunturales que pueden afectar la facilidad de obtener votos en una provincia respecto de otra.

Desde la perspectiva del poder informal, lo contrario es lo cierto. La provincia de Buenos Aires alberga a casi el 38% de los electores a nivel nacional, por lo cual una victoria en este distrito brinda un nivel de legitimidad de mucho más valor que las dos bancas que otorga, más aún cuando tiende a interpretarse a las elecciones legislativas como un preludio de las presidenciales.

La segunda gran diferencia es que, en términos estrictamente institucionales, los márgenes de victoria son absolutamente irrelevantes. La agrupación con la mayor cantidad de votos por distrito obtendrá dos senadores y la segunda agrupación obtendrá un senador, sin importar si la diferencia es de un voto o de millones.

Por el contrario, al incorporar al poder informal al análisis, la diferencia se transforma en crucial. Una diferencia amplia posiciona al candidato ganador en un lugar de privilegio de cara al futuro, o al menos esa es la impresión que tiende a transmitirse en los meses posteriores a las elecciones. En cambio, una derrota por un pequeño margen puede incluso interpretarse de manera positiva en la coyuntura actual.

Incluso si el oficialismo realiza una elección formidable, no tendrá los votos suficientes para alcanzar la mayoría en ninguna de las dos Cámaras. En ese sentido, desde el punto de vista institucional el resultado electoral es importante pero no determinante. Así, la mayor parte de la atención está en la dimensión informal del poder, y por ello la campaña y las preocupaciones se centran en la provincia de Buenos Aires y en el margen de diferencia de una potencial victoria o derrota.

Pero ¿cuán útil es realmente el poder informal que puede otorgar una victoria en la provincia de Buenos Aires? Depende desde la perspectiva de quién lo analicemos.

Desde la perspectiva de los candidatos que no son gobierno, más allá del furor inicial, una victoria significa poco. Mantener un nivel alto de popularidad durante dos años ocupando una senaduría no es una tarea sencilla. El nulo control sobre las políticas públicas, la escasez de fondos del Estado y el bajo control territorial en un país donde en su mayor parte los senadores son un “recurso” de los gobernadores, no son factores esperanzadores. Las experiencias del pasado nos muestran que quienes han obtenido victorias en las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires -ya sea como diputados o senadores- no han tenido éxito en alcanzar la presidencia. No es una ley de hierro, pero las probabilidades importan. Solo una victoria por un gran margen puede tener mayor relevancia, porque puede aumentar significativamente las chances de que el Partido Justicialista se alinee detrás del ganador.

Por otro lado, desde la perspectiva del oficialismo, una derrota o una victoria pueden cambiar el juego. Ganar la provincia de Buenos Aires le brindará al oficialismo un respaldo y legitimidad -al menos de corto plazo- para implementar las políticas de su preferencia. Una derrota, implicará un nivel mucho más alto de cautela en la toma de decisiones.

Estas perspectivas disímiles se relacionan con la naturaleza de los poderes formal e informal. El poder informal es efímero y difícil de mantener -más aún por dos años-, pero es muy potente y visible en el corto plazo. El poder formal es intrínsecamente más estable pues se respalda en instituciones, pero menos notorio en el corto plazo.

Dada que, como se mencionó más arriba, la distribución de poder formal que se generará como producto de estas elecciones es importante pero no determinante, el gobierno requiere de la legitimidad informal que una victoria otorgaría para gobernar. Es por eso también que la diferencia en la victoria o la derrota es de radical importancia.

A medida que transcurran las semanas, la incertidumbre propia de un escenario electoral se hará cada vez más presente en la arena política, sobre todo considerando los parejos resultados de las recientes primarias. Más allá de eso, hay al menos una certeza absoluta: el lunes posterior a las elecciones, al menos las dos alianzas con más votos en la provincia de Buenos Aires interpretarán el resultado como una victoria, y ambas tendrán algún argumento para hacerlo. Quizá allí radica el arte de la política.

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Las ideas y opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de La Dínamo de Ideas.

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