Los animales no humanos también importan

En los últimos años, las noticias vinculadas con animales no humanos han adquirido un lugar notorio en los medios de comunicación y en las redes sociales: desde casos indignantes de maltrato animal hasta familias que solicitan licencias laborales para cuidar a animales de compañía que sufren enfermedades. Estos ejemplos pueden resultar sumamente relevantes y reveladores para pensar en el lugar que damos a los demás animales en nuestra sociedad.

La crueldad y el maltrato contra los animales no humanos adquirieron todas las formas que la creatividad y la búsqueda sin límites del lucro les fue posible a las personas humanas. Basta prestar un poco de atención para enterarnos de todo lo que somos y fuimos capaces de hacerles. Sin embargo, enfrentamos también reclamos cada vez más visibles que proponen el fin de algunos, o todos, los tipos de tratos crueles, degradantes, dolorosos y, fundamentalmente injustos, hacia los demás animales. Algunos de estos actos están naturalizados, es decir, parecen inevitables -comer carne, usar cuero- y, aunque más difíciles de cuestionar, debemos hacerlo. Pero otros generan un repudio que es, afortunadamente, cada vez mayor y casi unánime. Tanto es así que, por ejemplo, en nuestro país están penados, es decir, constituyen delitos -la calificación más grave que un ordenamiento jurídico puede otorgar a un acto- algunas acciones como las que se perpetraron contra Chocolate, un cachorro de tres meses que fue despellejado en vida y arrojado a la calle en la provincia de Córdoba. Nuestro código penal incorporó la ley 14.346 en el año 1954 y, desde entonces, un acto de esa clase es delito. Es deber de las autoridades perseguir a quiénes son señalados como culpables, investigar y, si en el proceso se prueba debidamente la autoría, condenar a los acusados.

En múltiples ocasiones, ante casos tan evidentemente escandalosos de crueldad contra los animales como el de Chocolate, la condena social se extiende rápidamente por las redes sociales y hasta llega a medios masivos de comunicación. Sin embargo, es usual que las autoridades, policiales o judiciales, se nieguen a recibir la denuncia, o la reciban y no actúen debidamente. Se escucha entonces la excusa conocida: “es solo un animal”. Y es esta afirmación el problema principal de la cuestión aquí tratada.

Por supuesto que es solo un animal, pero nosotros también lo somos. Hemos olvidado este dato innegable: que somos parte del mundo animal, que somos animales como los perros, o los gatos, o los caballos. Alguien podrá pensar que somos animales pero que somos diferentes, y esa diferencia será no solo eso, algo que nos distingue, sino también algo que nos pondría por encima de los demás animales. Esa manera de pensar supone que las personas humanas tenemos alguna o algunas características que nos separan de los demás animales. Incluso una buena parte de la teoría de los derechos humanos se ha construido sobre esta proposición. Enseguida aparecen características candidatas para trazar esa línea de separación entre nosotros y ellos: razón, lengua, cultura, capacidad para ser responsables moralmente. Y, alguna o todas ellas, son el fundamento de nuestra alegada superioridad que, entre otras cosas, se traduciría en nuestro derecho a hacerles a los demás animales casi cualquier cosa que se nos ocurra o convenga.

Si se revisa esta postura, sin embargo, veremos enseguida que esas características no funcionan en realidad porque, en primer lugar, para que funcionen como fundamento de derechos y separación de los demás animales, deberían ser poseídas por todas las personas humanas. Claramente, esto no es así: los humanxs tenemos estas capacidades en grados variables comparados unos con otros y también estas mismas capacidades son diferentes a lo largo de nuestra vida (no razonamos cuando tenemos 10 días de vida, no razonamos si estamos en coma, por ejemplo). Además, muchos animales no humanos tienen algunas de estas características: razonan, tienen lenguaje, tienen cultura. ¿De verdad podemos trazar la barrera que nos separe? ¿Dejamos afuera a los humanxs que no tienen las características elegidas? ¿Incorporamos a los animales que sí las tienen?

Todas estas preguntas son importantes y muy útiles para considerar el trato que les damos y para abandonar la jerarquía que hemos establecido. No obstante, queremos aquí acudir a algo mucho más simple, más cercano a nuestras formas cotidianas de sentir, de actuar y de valorar. Nadie niega hoy en el mundo científico, ni en la vida cotidiana, al menos entre quienes tienen y quieren a sus animales de compañía, que ellos pueden sentir dolor y placer, que tienen intereses, afectos, memoria y capacidad para interactuar con nosotros. Y esto es todo lo que importa, nada tiene que ver que no sean más inteligentes, o tan inteligentes, como el modelo humano que tenemos como ideal (porque no todos somos igualmente capaces y no por eso tenemos menos derechos). Lo que verdaderamente importa es que pueden sufrir. Y, en ese sentido, son iguales a nosotros. Su sufrimiento importa igual que el nuestro. En un caso como el de Chocolate, ese sufrimiento además es absolutamente gratuito, nada hay que pueda servir para alegar que había que sacrificarlo en aras de algún interés humano mayor.

Yendo incluso un poco más allá, hace aproximadamente dos meses, nuestros diarios se hicieron eco de la historia de una mujer italiana que solicitó una licencia laboral para cuidar a su perro que sería intervenido en una cirugía. Los empleadores de la Universidad romana en la que se desempeña, le concedieron la licencia “por motivo personal o familiar grave”. Este caso puede ser un buen disparador para pensar en los derechos positivos que les debemos a aquellos animales que hemos sacado de sus hábitats naturales y hemos adaptado a nuestras formas de vida, como los animales que llamamos de compañía. Históricamente los animales domesticados han sido considerados como “cosas” o “propiedad” de sus dueños por nuestros ordenamientos jurídicos. Sin embargo, para muchas familias, ellxs son un hijx, un hermanx o un sobrinx más y la ley no logra captar ni honrar esa relación de amor y respeto. ¿Estaríamos dispuestos como sociedad a otorgar a estos animales no humanos el estatus de “personas”? Un reconocido filósofo del derecho, Will Kymlicka, plantea que la única forma de remediar la opresión a la que han sido sometidos los animales domesticados es a través del reconocimiento de su personalidad y el abandono de su condición de propiedad. Sin embargo, este deseo resulta un tanto utópico para un futuro cercano. Es por ello que el autor propone ahondar la discusión y ver a los animales domesticados, además, como miembros de nuestra comunidad política, es decir, como ciudadanos. En sus palabras: “habiéndolos quitado de sus hábitats naturales, y educado para que vivan y trabajen codo a codo con nosotrxs, debemos aceptarlos como miembros de una sociedad compartida, que les pertenece tanto como nos pertenece a nosotrxs. A través de la domesticación, han adquirido un derecho de nacimiento en nuestra sociedad”. Discutir una ciudadanía para los animales domesticados es empezar por lo cotidiano: los animales comparten nuestras comunidades políticas, son parte de ella. No solo merecen derechos básicos sino también debe reconocerse su presencia y sus modos particulares de agencia.

El derecho es un poderoso instrumento para generar un rechazo simbólico de aquellos actos que como sociedad queremos erradicar. Perseguir estos actos es una forma muy importante de, primero, cumplir con la ley y, segundo, producir el mensaje adecuado: la crueldad contra los animales es inadmisible. Es nuestro desafío pensar también cómo el derecho puede convertirse en un instrumento para, valga la redundancia, reconocer los derechos de ciudadanía que históricamente hemos negado a los animales no humanos.

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Las ideas y opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de La Dínamo de Ideas.

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