El “Impeachment” a PPK y la urgencia de hacer política en el Perú

En 196 años de vida republicana, solo dos presidentes constitucionales han sido vacados por incapacidad moral en el Perú: Guillermo Billinghurst en 1914 y Alberto Fujimori en el año 2000. Uno fue acusado de traición a la patria y el otro fue vacado por encabezar un sofisticado sistema de corrupción del que intentó escapar indignamente con una renuncia por fax desde el Japón, previa escala en el sultanato de Brunei representando al país en la cumbre APEC. Anoche, tras un extenuante debate, el presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski (PPK) se salvó de obtener carnet de membresía para tan infame club.

La mala suerte de Kuczynski es resultado de sus propios yerros: banquero reconocido y profesional con larga experiencia en los ámbitos público y privado, se encontró casi de casualidad con la presidencia de la República. Ganó las elecciones “por un pelo” en el 2016 y desde entonces se dedicó a delegar, cual CEO corporativo, las funciones presidenciales en su jefe de gabinete ministerial. No entendió que la política es un juego de “suma cero”, y no existen finales felices en los que todos salen ganando. Otorgó todas las concesiones posibles a la mayoritaria bancada leal a Keiko Fujimori, hija del preso expresidente, y esta aprovechó todas las herramientas legislativas disponibles para acorralar al Poder Ejecutivo, paralizarlo y descabezarlo, un paso a la vez.

Como resultado, en un año PPK perdió cuatro ministros tras sendas interpelaciones congresales que dejaron al gobierno sin oxígeno en tiempo record. Ello, sumado a una reiterativa incapacidad política, repleta de intrigas al interior del gobierno, con un partido político inexistente en la práctica, sin operadores y bases, dejaron al presidente más solo que dos de sus predecesores, percibidos como inestables e incapaces en su momento. Vale destacar que, en tanto débiles, ninguno de ellos fue puesto a juicio político como lo fue PPK.

El desprecio por la política y la importancia de construir partidos, sumados a una soberbia de las élites empresariales que aupaban a PPK con el sambenito de “gobierno de lujo”, redundaron en la imposibilidad de detectar errores y corregirlos en la marcha. En definitiva, en año y medio el presidente y su pequeño círculo de confianza se asilaron en su zona de confort, asistiendo a cócteles corporativos como la “Conferencia Anual de Ejecutivos” mientras que el país observaba al presidente que, pasmado, parecía no saber cómo dar un golpe de timón a su administración.

El punto de quiebre fue el reporte de la empresa Odebrecht, detallando que PPK había obtenido dividendos como accionista de una empresa que su socio chileno, Gerardo Sepúlveda, había gestionado. Entre dichos y desdichos, el presidente se perdió en sus versiones y dio la nefasta impresión de estar mintiendo. Ante ello, la aplanadora fujimorista lo instó a renunciar, y ante la negativa presidencial, aprobó debatir su vacancia por incapacidad moral.

Hace una semana, PPK era un “dead man walking”. Sin reflejos, incapaz de convencer de su honorabilidad. No obstante, un día antes del debate, se presentó en televisión junto a sus dos vicepresidentes, insistiendo en su honorabilidad y amenazando con convocar a elecciones generales, dejando a los 130 congresistas en funciones desde julio de 2016 sin piso. Aquella fue una jugada audaz que volvió a fidelizar tímidamente a la población antifujimorista que lo volvió presidente y le recuperó un poco de toda la credibilidad perdida.

Finalmente, ayer la defensa de PPK fue ejercida por Alberto Borea, exsenador y otrora alumno de la vieja escuela política peruana que fue desmantelada tras el autogolpe de 1992. Aristóteles, Raymond Aron, Montesquieu, y otros notables filósofos y pensadores fueron citados en un discurso de defensa que pasará a la historia del Perú por su solvencia y docencia. A pesar de la lúcida defensa, el fujimorismo y el Partido Aprista parecían disipar toda esperanza de PPK de salvar su cabeza.

A través de intervenciones cargadas de ataques, argumentos también, y otras medias verdades, evidenciaron el poco interés en salvar al Perú de la corrupción y proceder con un “impeachment express” para un hombre que, tras la defensa de Borea, había pasado de ser un muerto a alguien sobre quien merecía discutir su permanencia.

Llegada la hora final, votos que se voltearon al último minuto, y un rebelde hijo de Alberto Fujimori, Kenji, que logró convencer a nueve de 70 fujimoristas de votar en contra de la vacancia –confirmando su enemistad con la hija del dictador— consiguieron salvar la cabeza del presidente.

Haría mal PPK en celebrar y bailar moviendo los brazos como solía hacer en los días más felices de su gobierno, que fueron los primeros treinta. Haría mal PPK en pensar que lo salvaron porque le creen. El debate sobre su vacancia trascendió el caso discutido y se convirtió en un plebiscito en el que se decidía la cantidad de poder que el Perú estaba dispuesto a darle al fujimorismo que ya domina el Congreso y tiene presencia en otras entidades del Estado.

PPK se salvó porque se deseó preservar la endeble gobernabilidad y estabilidad democrática que gozamos por tiempo récord en nuestra historia (17 años seguidos y contando). Ahora, se enfrenta a un fujimorismo que, con la comezón de la derrota, lo volverá a querer poner contra las cuerdas. Está en Kuzcynski entender que requiere detener al “bully” si no desea que este termine por eliminarlo definitivamente. El fujimorismo puede fallar una vez, pero difícilmente fallarán dos veces. Si PPK no entiende la circunstancia de oro y la vida que logró comprar anoche, no será extraño verlo fuera de Palacio de Gobierno durante el 2018.

Le toca hacer política y de la buena, de una vez por todas. Claro, si es que quiere llegar al 2019.

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