El futuro del trabajo: oportunidades simples pero no siempre evidentes

Si bien no es una preocupación nueva ni exclusiva de nuestra época, el tema del “futuro del trabajo” está más presente que nunca en la agenda pública mundial, y por lo tanto también en la de nuestro país. Como muestra, durante la semana pasada los sitios de noticias reflejaron tres acontecimientos clave con pocas horas de diferencia: el 18 de agosto el Presidente del Banco Mundial Jim Yong Kim, en el marco de su primera visita a la Argentina, ofreció una conferencia en el Centro Cultural de la Ciencia (C3) para un grupo de estudiantes sobre los Empleos del Futuro. El 21 de agosto, la OIT anunció la creación una Comisión Mundial de alto nivel sobre el futuro del trabajo. Y dos días más tarde, el 23 de agosto, INTAL-BID presentó en Buenos Aires su nueva publicación dedicada enteramente a la reconversión productiva de los países de América Latina. El título de la publicación, “Robot-lución”, no deja lugar para mucha especulación sobre el clima de época respecto del rol creciente de la tecnología como reemplazo del trabajo que hasta ayer realizaban personas, en prácticamente todos los campos.

Desde que Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, anunció en Davos en enero de 2016 que la “Cuarta Revolución Industrial” basada en la tecnología digital ya estaba entre nosotros, los pronósticos sobre la cantidad de trabajos que serán reemplazados por robots, inteligencia artificial, o simplemente por algoritmos cada vez más eficientes, no han hecho más que multiplicarse, en consonancia con un mundo que cambia a un ritmo cada vez más acelerado. Según explicó Jim Yong Kim en Buenos Aires, el Banco Mundial estima que la inteligencia artificial va a eliminar entre 50% y 65% de todos los trabajos existentes en los países en vías de desarrollo, incluyendo la Argentina, en los próximos años. Los economistas Diego Aboal y Gonzalo Zunino, del Centro de Investigaciones Económicas (Cinve) de Uruguay, concuerdan al afirmar que, en todas las actividades económicas de nuestro país, la proporción de puestos laborales con probabilidad de ser reemplazados por una máquina o por la inteligencia artificial es por lo menos del 50%. Lo que no resulta tan sencillo es estimar el tiempo en el cual se producirá este reemplazo, considerando el contexto económico local.

Sea como sea, la forma de trabajo y quizás hasta el significado del concepto de trabajo va a ser muy distinto dentro de 10 o 15 años, y especialmente quienes están hoy al comienzo o en el punto medio de su vida laboral serán afectados de alguna forma por esta revolución.  

Ante la pregunta de cómo debemos prepararnos ante el nuevo escenario, las respuestas varían, pero casi de forma inevitable escuchamos hablar sobre la necesidad de incrementar la formación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (las llamadas STEM) en las escuelas, y la necesidad de formar cada vez más personas en programación y oficios relacionados con la tecnología, campo en el cual según las cámaras y empresas del sector, año a año quedan alrededor de 5.000 puestos de trabajo sin cubrir en Argentina. (El rol que el Estado debe cumplir en este proceso es centro de otro debate interesante, tal como ilustra el reciente artículo de Silvia Stang en el diario La Nación y sus repercusiones).

Sin embargo, no todo es tecnología, y vale la pena animarnos a mirar más allá de estos datos. Un estudio de 2015 del economista de la Universidad de Harvard David Deming demuestra que desde 1980 casi todos los trabajos que crecieron en demanda en Estados Unidos no requirieron capacidades tecnológicas, sino habilidades sociales. De hecho, los trabajos que requerían niveles altos de razonamiento analítico y matemático, pero niveles bajos de interacción social, disminuyeron su peso en el mismo período.

El hallazgo tiene sentido: en un mundo de inteligencia artificial, tecnologías exponenciales y robots que realizan las tareas más complejas con precisión y velocidad inalcanzables, lo que distingue a las personas y caracteriza a los empleos “menos sustituibles” por las nuevas tecnologías son las capacidades propias de los seres humanos para relacionarse entre sí, ponerse en el lugar de otros, colaborar de forma creativa y hacer frente a la adversidad. Este conjunto de atributos, a veces llamados habilidades socio emocionales, constituye el “núcleo duro” de las actividades que, de acuerdo con un número creciente de estudios, no solo quedarán en manos de seres humanos en los próximos años, sino que emplearán cada vez a más personas.

Y, ¿cuales son estos trabajos? Se trata de todas aquellas actividades donde la interacción humana es central: en el área de servicios, si bien cada vez se automatizan más los procesos, la atención cara a cara realizada por personas sigue siendo importante para la mayoría de los compradores (como muestra, la reciente inauguración de parte del gigante de internet Amazon de sus primeras tiendas físicas parece ser bastante elocuente). Toda el área de la llamada “economía del cuidado” no sólo no es aún automatizable, sino que a medida que nuestra expectativa de vida crece, requiere un número creciente de trabajadores: las personas dedicadas a la enfermería, el cuidado de personas mayores, e incluso la atención a la primera infancia muchas veces no cuentan con formación altamente especializada comparable a la de un físico especializado en robótica, pero sus empleos son igual de requeridos en la nueva economía. El departamento de estadísticas de trabajo de Estados Unidos incluso estima que la demanda de médicos y cirujanos va a subir un 14% en la década entre 2014 y 2024, pero en el mismo período los tres principales empleos relacionados con el cuidado – asistente de cuidado personal, asistente de salud en el hogar y enfermería – crecerían un 26%, casi el doble. No se espera que ninguna otra categoría crezca a este ritmo.

Una demanda real y creciente por trabajadores con empatía y alta capacidad de relacionamiento con otros seres humanos requiere que consideremos seriamente la necesidad de un cambio de mentalidad. Por un lado, la valoración tanto social como económica de los trabajos relacionados con el cuidado hoy es baja en todos los países, y por supuesto Argentina no es la excepción. Nuestra sociedad necesita niños, niñas y jóvenes que aspiren a trabajar de cuidar a otros, pero sobre todo, necesitamos entender que se trata de trabajos que requieren habilidades específicas, que muchas personas ya poseen y entrenan día a día, dentro y fuera del mercado laboral. ¿Cómo valoramos la experiencia de las amas de casa, enfermeros, cuidadoras y cuidadores de ancianos y niños, quienes entrenan día a día la empatía y la resiliencia, para pensar el futuro del trabajo? ¿Qué implica el hecho de que una mujer enfermera o una maestra de nivel inicial pueda estar mejor preparada para el nuevo mercado de trabajo que un hombre ingeniero con un título universitario? Y, no menos importante, ¿qué ventajas comparativas tienen los países de economías en desarrollo en un escenario donde tareas de relativamente baja calificación formal son más y más requeridas?

En segundo lugar, el sistema educativo tradicional que mide su éxito exclusivamente en función del desempeño académico de los estudiantes ya demuestra ser obsoleto en esta era: si necesitamos personas empáticas, que sepan hacer sentir bien a los otros e interactuar de forma efectiva con sus pares, la escuela debe adaptarse y jerarquizar la enseñanza y práctica de estas habilidades socio emocionales, por lo menos a la par de la adquisición de conocimientos académicos. La literatura y la cantidad de casos concretos que muestran caminos posibles en este sentido es abundante y muy actual. Si bien por supuesto este no es el único argumento que evidencia la necesidad de una transformación educativa, sí nos muestra la urgencia de estos cambios: dentro de doce años, cuando los niños que hoy están en primer grado finalicen su educación secundaria obligatoria, el mundo del trabajo se habrá transformado por completo. Y las habilidades socio emocionales para hacer frente y dirigir estos cambios serán más necesarias que nunca.

Corremos el riesgo de estar mirando los desafíos de hoy con las estructuras del pasado, pero tenemos la oportunidad de conocer algunos rasgos del futuro y prepararnos para moldearlo. Después de todo, la posibilidad de un mundo más humano, donde los trabajos estén vinculados a la preocupación genuina de las personas por los otros, paradójicamente podría estar un poquito más cerca.

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Las ideas y opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de La Dínamo de Ideas.

2 Comments
  1. 9 octubre, 2017
  2. 26 septiembre, 2017

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