¿Es el desarrollo asiático replicable en Argentina?

Una de las discusiones más importantes que se debe nuestro país, es la del modelo de desarrollo que desea perseguir. Es decir, ¿cuál es la estrategia a seguir para fomentar un crecimiento económico sostenido? ¿Cómo hacer para que ese crecimiento económico sea también inclusivo? ¿Qué sectores deben priorizarse y en cuáles Argentina no posee ventajas estratégicas? ¿Cuál es la mejor estrategia política para perseguir ese modelo? Lamentablemente, no solo suele haber grandes desacuerdos respecto de estas preguntas, sino que en general no hay respuestas concretas por parte de los principales actores políticos y económicos.

Este breve artículo no pretende sanear ese déficit, pero si desmitificar una de las propuestas que, sin especificar detalles, suelen escucharse en el debate público. Se trata de la idea de que Argentina debe perseguir “el modelo de los tigres asiáticos” para incrementar su producto interno y transformarse en una potencia económica en los próximos veinte años. Luego de un breve análisis, la conclusión será que esa estrategia no es ni posible ni deseable.

En efecto, si comparamos el PBI per capita de estos países, el crecimiento es asombroso. A inicios de la década del 60, Singapur poseía un PBI per cápita de U$D 471 y Corea del Sur de U$D 106, ambos muy por debajo de Argentina que poseía un valor de U$D 1.148. Los datos más actuales disponibles muestran que Singapur tiene un PBI per cápita de U$D 52.960 y Cora del Sur de  U$D 27.538. Mientras tanto, el valor para Argentina es de U$D 12.449. Así, mientras que a comienzos de los 60 la economía Argentina era 10 veces más grande que la coreana en términos per cápita y más del doble de la de Singapur, hoy es menor de la mitad de la primera y menos de un cuarto de la segunda.

La discusión respecto de qué llevo a estos países a mostrar un desarrollo tan fuerte y sostenido no está zanjada, pero una versión particularmente convincente es la planteada por Studwell en un reciente libro, quien sostiene que el rápido desarrollo fue producto de tres políticas. En primer lugar, políticas destinadas a maximizar la producción agrícola. De manera contraria a la intuición común y a la típica perspectiva económica de los beneficios de escala, el autor argumenta que la maximización de la producción -no de las ganancias- se produjo gracias a un sistema que fomentó unidades de explotación agrícola relativamente pequeñas. Si bien este modelo no ha sido provechoso en otras regiones y períodos, en el caso del sudeste asiático fue respaldado por una fuerte inversión en infraestructura realizada por el Estado.

En segundo lugar, políticas destinadas a canalizar las inversiones y el emprendedorismo hacia las manufacturas, puesto que esta es la industria que hace el uso más efectivo de las limitadas capacidades productivas de los trabajadores de aquellos países en los albores de su desarrollo. Pero la clave es que este proceso de industrialización fue orientado hacia las exportaciones, y no hacia el mercado doméstico. El Estado tuvo un rol preponderante al fomentar el aprendizaje tecnológico e incentivar a industrias e incluso empresas particulares.

En tercer lugar, el Estado tuvo un rol primordial en el sector financiero, al canalizar las inversiones de capital en la agricultura intensiva de pequeña escala y en las manufacturas.

Con base en la narrativa de Studwell, ¿es posible para nuestro país replicar el modelo asiático en la actualidad? Más allá de la imposibilidad de realizar reestructuraciones agrarias del nivel de las efectuadas en países como Corea, la respuesta parece ser negativa debido a al menos cuatro factores estructurales.

En primer lugar, el costo laboral era en su momento mucho más bajo en los países asiáticos que en la Argentina actual. En América Latina, el trabajo es relativamente escaso comparado con otros factores de producción y, además, existe una fuerte organización colectiva. Por el contrario, en el caso coreano los salarios eran extremadamente bajos, en gran medida por un sistema sin derechos laborales que demandaba largas jornadas de trabajo bajo estricto control, promovido por gobiernos que pueden ser caracterizados como autoritarismos. Así, esta situación no es posible en nuestro país y, por sobre todo, para nada deseable.

En segundo lugar, la estrategia de industrialización orientada a las exportaciones es mucho más difícil en Argentina, en donde el desarrollo industrial ha estado más conectado al mercado doméstico. Esto ha generado el desarrollo de ciertos intereses que obstaculizarían una industrialización exportadora. Además, la oportunidad de devenir económicamente competitivo a nivel internacional no es la misma que la que primó para los países asiáticos, en gran medida por los diferentes costos laborales. Pero incluso cuando los países de América Latina intentaron emprender una industrialización orientada a las exportaciones, se enfrentaron con ciertas limitaciones de carácter estructural. Por ejemplo, durante la dictadura militar Brasil intentó este antes del aumento de los precios del petróleo de 1973, sin embargo, a la vez que se produjo un rápido incremento de las exportaciones, las importaciones aumentaron aún más rápidamente.

Esa situación se debe a una tercera diferencia de radical importancia entre los países asiáticos y Argentina, que puede ser ilustrada al comparar con Corea. A partir de la década del 70, el régimen de Park comenzó un proceso deliberado de promoción de la industrialización pesada, estimulando industrias como la metalúrgica, la química, la construcción de embarcaciones y maquinaria, automóviles y electrónica. Esto fue logrado por medio de una fuerte presión estatal para exportar, así como por medio de la provisión de infraestructura, la remoción de obstáculos administrativos y el establecimiento de subsidios direccionados. Al mismo tiempo, la industrialización pesada en Corea fue fuertemente impulsada por Japón, que encontró de esta forma una vía para incrementar sus exportaciones de bienes de capital y desplazar las industrias contaminantes fuera de sus fronteras. Argentina no solo no cuenta con el respaldo de un país que juegue el rol de Japón, sino que además no cuenta con un nivel de ahorro doméstico que permita el desarrollo de la industria pesada. En nuestra historia, cuando se puso el foco en la industria pesada, se lo hizo en general a través de la inversión extranjera, lo que usualmente derivó en problemas con la balanza de pagos.

En cuarto lugar y de forma relacionada, los ahorros domésticos jugaron un rol fundamental en el desarrollo asiático, mientras que en nuestro país, históricamente la inversión extranjera ha tenido un rol preponderante. Incluso hoy en día la llegada de capitales internacionales es vista como la solución a gran parte de los problemas del país.

Así, el modelo asiático parece no ser aplicable en Argentina, sobre todo si se considera que el modelo asiático se inició en gran medida gracias a la existencia de regímenes autoritarios. Escapa a los fines de este artículo determinar un modelo de desarrollo para nuestro país, pero está más que claro que la estrategia político-económica debe tener a la democracia como uno de sus pilares fundamentales.

Nuestro país, al igual que gran parte de la región, ha oscilado a lo largo de su historia entre un modelo orientado hacia adentro y otro de gran apertura económica. El primero ha encontrado usualmente fuertes limitaciones en el mediano plazo, y el segundo no ha logrado ser inclusivo. Ambos, no obstante, han tenido en común una indiscutible debilidad institucional. Quizá sea hora de apuntar a establecer un modelo de desarrollo en el cual la solidez de las instituciones sea el punto de partida.

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Las ideas y opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de La Dínamo de Ideas.

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