El autoritarismo republicano en América Latina

En los últimos meses, América Latina ha sido atravesada por crisis de muy diversos tipos. Cada país vive sus propios y particulares procesos sociales. En casos como las protestas en Ecuador o las movilizaciones en Chile y Colombia, se percibe un profundo malestar social frente a la profundización de la desigualdad. En otros casos, la debilidad de las instituciones ha permitido que las facciones con poder se apropien de lo público como un botín -como es el caso del golpe de estado en Bolivia. En algunos otros casos, la crisis aparenta ser eminentemente económica: el nuevo gobierno de Argentina se enfrenta al desafío de remontar una economía con cifras alarmantes y la deuda más grande de la historia del FMI. ¿Qué tienen en común todos estos procesos? En todos ellos, la política es al mismo tiempo causa y efecto del conflicto. 

Muchos analistas suelen recurrir a la idea de polarización para explicar las crisis políticas de la región. Las crisis serían producto de una profundización de los extremos político-partidarios que no permiten que las instituciones se desarrollen de manera normal. A su vez, se suele señalar al populismo tanto de derecha como de izquierda para encontrar la causa de todos los males. El populismo como desviación de la normalidad sería uno de los mayores obstáculos para el desarrollo en América Latina. 

Sin embargo, detrás de muchas de las denuncias contra el populismo existe una contradicción peligrosa que podríamos llamar <autoritarismo republicano>. ¿Qué sucede cuando las críticas no ayudan a fortalecer las instituciones democráticas, sino más bien solo apuntan a excluir a los adversarios del juego político? Todos nos apuramos a denunciar cuando se lesionan las reglas de la república, no nos detenemos a observar cómo esas mismas denuncias debilitan las instituciones. Por supuesto, esto no quiere decir que toda crítica al populismo o a la corrupción es contraria a las instituciones. El problema está en el abuso político de términos como “autocracia” con el único objeto de deslegitimar otras posiciones políticas.

El autoritarismo republicano es común tanto a la izquierda como a la derecha. Además de dictaduras como las de Venezuela, encontramos que en los últimos años este fenómeno manifiesta sobre todo entre conservadores. Históricamente los partidos conservadores en América Latina se han concebido a sí mismos como protectores de la república, aun cuando en el pasado haya involucrado interrupción de la democracia y delitos de lesa humanidad. A riesgo de simplificar demasiado un fenómeno complejo, llamamos conservadurismo a las posiciones políticas que priorizan la idea de libre mercado por sobre otras, en especial el desarrollo económico en sus diversas dimensiones. En los últimos años, este fenómeno se ha intensificado hasta llegar a casos extremos como los de Brasil, Chile o Bolivia.

La manera en que el gobierno chileno manejo la crisis política en los últimos meses es un claro ejemplo de este proceso. El hecho de que la primera intervención discursiva del presidente fuera declarar que “estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie (…)” muestra que la estrategia del gobierno fue negarle cualquier tipo de legitimidad política a las manifestaciones. La idea de que las protestas formaban parte de una conspiración internacional de origen venezolano y/o cubano -muy cercana al concepto de enemigo interno- también apuntaba negarles cualquier tipo de validez democrática. Por supuesto esto no duró demasiado y el gobierno tuvo que adaptar su discurso a la evolución del conflicto, pero la actuación de las fuerzas de seguridad en los días y meses posteriores no dejo mantener la misma línea. Si Piñera reconoció en público los reclamos sociales, la policía siguió concibiendo a los manifestantes como enemigos internos de la democracia.

En Brasil, el impeachment de Dilma y el encarcelamiento de Lula por vías legales permitieron a Bolsonaro tomar el poder en nombre de la democracia. El dudoso proceso de impeachment que encabezó Cunha en el congreso brasilero, la proscripción de Lula de las elecciones y la prensa en general podrían mostrar otra cara del autoritarismo republicano: la judicialización de la política como herramienta de poder. Después de las revelaciones de The Intercept, hay razones para pensar que el Lava Jato no es una lucha titánica entre la justicia y la corrupción. Es difícil argumentar que la liviandad con la que se criminaliza a un partido político y a un líder de la popularidad de Lula ayuda a fortalecer la democracia del Brasil.

El jurista alemán Carl Schmitt se dedicó a analizar este mismo fenómeno en un tiempo y contexto diferentes. En diversas partes de su obra hay una preocupación central por entender cómo el Estado y la política se van debilitando en su rol de neutralización del conflicto a partir de la segunda guerra mundial. El caso del ascenso de Hitler que permitió el artículo 48 de la constitución de la República de Weimar es paradigmático. Según Schmitt, la dictadura de Hitler es paralela a lo que llama la revolución legal mundial: la apelación a ideas universales o a la humanidad como sujeto político como método de toma del poder. Así, los enemigos políticos se transforman en enemigos de la humanidad. Una lógica similar se encuentra detrás de la figura del partisano (guerra de guerrillas), que concibe a sus enemigos políticos como absolutos. Cuando un actor político se considera a sí mismo como el garante supremo de la institucionalidad de un espacio político, sus adversarios son contrarios a las propias reglas del juego. No hay un conjunto de normas con relación a las cuales los diferentes actores son iguales. 

¿Qué justifica que alguien se posicione por encima de la democracia y pueda definir quienes son contrarios a la misma? La filosofía detrás de este fenómeno, según Schmitt, es la filosofía de los valores. Para decirlo mal y pronto, se trata de un pensamiento que fundamenta las posiciones políticas en valores. Los valores son inevitablemente abstractos, formales y, a su vez, intercambiables entre sí. De modo que pueden servir para justificar cualquier tipo de acción. La tiranía de los valores es el mejor suelo para cualquier tiranía. En nombre de la democracia, se cometen las peores atrocidades.

En Argentina, la retórica de Cambiemos durante las últimas elecciones se acercó a esta posición. La candidata a gobernadora de Buenos Aires Vidal llegó incluso a decir que “El domingo se elige si vamos a tener democracia plena o no”. Macri, por su parte, dijo que “si Fernández gana, podría conducir al autoritarismo por indicación de Cristina”. Por otro lado, en los últimos años la utilización del sistema judicial con fines políticos ha llegado incluso a que haya presos políticos en la Argentina, situación que ha sido denunciada por diversas organizaciones, incluida la Comisión de Derechos Humanos de la ONU

Así, el autoritarismo republicano puede ser mucho más dañino para la democracia que eso que llaman populismo. La reducción de la política a valores conduce a una intensificación de la violencia. ¿Cómo generar una cultura política que evite este tipo de acciones? Sin dudas este es uno de los grandes desafíos del sistema democrático de partidos políticos en los próximos años. Siguiendo el diagnóstico de Schmitt para la posguerra, la retórica de los valores y la criminalización del enemigo son quizás problemas más graves para las instituciones democráticas que el populismo.

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https://www.correiobraziliense.com.br/app/noticia/politica/2019/01/01/interna_politica,728353/pinera-diz-esperar-que-bolsonaro-visite-logo-chile.shtml

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